sábado, 20 de febrero de 2016

Una tarde en la pelu

Estoy en una peluquería. Tiempo real. Estoy en la recepción. Cebo mate amargo. Busco en Google algo para leer sobre Lacan. No me la creo. Bajo el libro Lacan para principiantes. Dos mujeres esperan para ponerse pestañas postizas. Se pegan pestañas postizas con un pegamento especial. Logran una mirada muy de los años 70, sin los alucinógenos. Pueden durar un mes si no se mojan, porque el pegamento se va con agua. La belleza les cuesta cada vez que se van a bañar. Dicen que es un viaje de ida, una vez que te las ponés te las querés poner siempre. Yo les digo: a mi no me durarían un día. No porque no me guste ese efecto setentoso, sino porque no me resistiría a un buen chorro de agua en la cara. O a un poco de lluvia si salgo olvidándome el paraguas. No me imagino corriendo de la lluvia a tomar un taxi diciendo ¡No, mis pestañas! La belleza cuesta más de lo que se imagina. No solamente plata. Una mina puede pasar 8 horas en la peluquería para cambiar de look.
Una tiene ruleros enormes puestos. Quiere lograr un peinado con volumen. Raro, porque casi todas quieren tener el pelo lacio, lo más lacio posible. Y rubio. Las del pelo rubio, se tiñen tres o cuatro veces hasta lograr el rubio perfecto, ese que dentro de un mes va a tener asomando raíces morenas. Arrancan con unos reflejos y al poco tiempo quieren un rubio platino. Y después del rubio otros reflejos, porque lo quieren cada vez más y más claro.
Hay minas que se lavan el pelo sólo en la peluquería. Van dos o tres veces por semana. Así tienen un peinado de peluquería todos los días. Tampoco dejan correr un buen chorro de agua en sus cabezas cuando se bañan. O lo hacen media hora antes de ir a la peluquería. Me imagino ese trayecto de 15 minutos, los únicos 15 minutos que están despeinadas. Imagino que preferirían tener los vidrios del auto polarizados. O teletransportarse en un segundo a la peluquería. De todas maneras, esperar por un buen lavado de cabeza con masaje incluido, vale la pena. Observo sus caras, como disfrutan ese momento. Cierran los ojos y casi se duermen. A mi me encanta que me laven el pelo. No voy a citar esa peli, o va a parecer que me la paso mirando pelis. Mejor sí, África mía. A buen entendedor...
En la pelu hubo una crisis el mes de enero. Casi un mes sin peluquería. Corridas para repasar el color antes de las temidas vacaciones. Algunas se resignaron a tener el pelo para la mierda las dos semanas que impere la soberanía del mar. Habían podido sobrevivir a las piletas con cloro. Resistirse a ellas en pos del peinado. Pero cruzar la frontera para evitar el mar, imposible! La familia no lo permitiría.
A veces jodemos con que voy a escribir una novela contando las historias que escucho de las clientas. Lo cierto es que todo lo que escribo tiene algo de biográfico o autobiográfico, o nace de alguna frase que le escucho decir a alguien al pasar. Imagino la historia detrás de la frase. La historia detrás de una expresión determinada. La historia detrás de la novela que estoy leyendo. ¿Por qué se le habrá ocurrido escribir eso?
Tiempo real, tengo que interrumpir este post casi sin corregirlo. Tal vez este blog no esté muerto aún.