lunes, 27 de abril de 2015

Plantas (porque en realidad no pensé el nombre)

Heredé de mi abuela el gusto por las plantas y el tejido crochet. Por el olor a pan casero en la cocina y las tortas fritas de grasa. Por las cosas hechas en casa, que no se pueden comprar en ningún lado. Mis hermanas también heredaron cosas de la abuela: una la cocina, otra la habilidad para limpiar a fondo, otra la meticulosidad y el orden, otra la costura, la mayoría el carácter de mierda o una combinación entre el carácter de mierda y un carácter más dulce. Así era mi abuela: una mujer dulce que si se enojaba era de temer. Pero tenía una debilidad: los hombres. Jamás usó pantalones. La palabra de un hombre ( y su voluntad) era palabra santa. Esto, por suerte, ninguna de mis hermanas heredó.
Si nos uniéramos las cuatro en un solo cuerpo seríamos la ama de casa perfecta, esa que mi abuela se esmeraba en hacer nacer en cada una. Pero nada. Las “chinitas de mierda” no querían saber nada con esa versión pasteurizada de la señora de falda a la rodilla, blusa abotonada hasta el cuello, enagua y una sonrisa de orgasmo recién experimentado al lado del lavarropas nuevo.  Sí, esas publicidades dan un  poco de miedo.
Durante mucho tiempo quise escribir una novela sobre mi abuela. Material hay de sobra. Una vez, enojada  con la gente que la rodeaba imaginé una novela titulada “La gallina de los huevos de oro”, en la que la gallina era mi abuela. Otras veces era una versión de La fuerza del cariño, y se necesitaban por lo menos diez películas para presentar a todos los personajes, entre hijos, nietos, hermanos, padrinos, compadres y comadres. Sería más la Comedia humana de Balzac que La fuerza del cariño. No había problemas de fertilidad ni en los abuelos, ni en los hijos, ni en los nietos. Tampoco en los compadres y comadres. Mi abuela tendría incluso un origen casi mítico: hija de un matrimonio ilegítimo, nunca supo quienes eran sus padres, aunque sospechaba que vivía con ellos en la misma casa, en la que ella trabajaba desde niña haciendo tareas de campo como ordeñar vacas y degollar pollos. Tenía el apellido de su “madrina”, la mujer que la había cuidado desde pequeña. El apellido de su padre era Cisneros: nunca faltó el que la asociara con el virrey. A ella le gustaba creerlo, sin saber por qué.  A los 18 años obtuvo otro apellido, el de su marido italiano, que hablaba torpemente el español. El tano le mostró que en su casa no faltaba nada, excepto ella (frase robada). Y ella aceptó. Y la llenó de hijos.
Esa sería la sinopsis del primer capítulo.
En las casas donde vivimos con mi abuela siempre había plantas, jardín y patio. Tal vez trataba de llevar el campo a la ciudad. Rosales, limoneros, árboles de ciruela, mandarina, higos, jazmines, laureles, hortensias, papas, tomates, pimientos. El árbol de ciruela era saqueado a menudo por vecinos y paseantes no identificados. El árbol se caía de tantas ciruelas que daba, comíamos tantas ciruelas que nos dolía la panza. Algunos le pedían a mi abuela las ciruelas, que se asomaban tras un alto tapial, y ella les daba con gusto. Otros la entretenían con preguntas y chismes mientras alguno se metía a robar. Es que a ella siempre le gustó charlar. En otra casa teníamos un limonero que nunca había sido podado y se metía en la casa de al lado, que estaba vacía. Los vecinos y paseantes no identificados se metían en la casa abandonada y se llevaban sus bolsas de limones. Nunca nos pusimos a venderlos, aunque a esa edad nos hubiera venido bien algo de plata para salir el fin de semana. Pero jamás tuve inteligencia para hacer plata.
El limonero daba limones del tamaño de pomelos. Los de la vecina de al lado (del otro lado) eran chiquitos, pero nunca nadie hubiera dicho que los limones de esa casa eran chiquitos, como nadie hubiera dicho que en mi casa los limones eran grandes como pomelos.
Mi abuela, que quería sacarnos buenas amas de casa y esposas diligentes, madres abnegadas y mujeres de rodete, me dijo, cerca de sus últimos años de vida “no te casés, nena ¿para qué vas a renegar con un marido, con hijos? Disfrutá de la vida, estudiá, así como vos querés". Yo le decía que nunca iba  casarme y que faltaba mucho para que le diera nietos. En el momento sentí una alegría enorme, como si hubiera triunfado. Por fin me había dado la razón. Y al rato una tristeza igual de enorme. Mi abuela había renegado de su vida, parecía que se había rendido. No tenía sentido hacer escarpines para los hijos, pastelitos a los nietos y fideos amasados al marido. Ni esperarlos con la comida calentita y la mesa puesta. O plancharle la camisa y coser los botones flojos. Todo lo que ella hacía y había hecho había dejado de tener la menor importancia frente a la supuesta libertad de no casarse.
Me hubiera gustado decirle a mi abuela que las mujeres no tienen por qué renunciar al hogar para ser "libres", que no es lo mismo hacer las cosas por gusto que por abnegación o sumisión. Que no hay nada de malo en casarse, tener hijos y tejerles escarpines. La libertad está en la elección, en el hecho de elegir. Y es una elección totalmente válida que una mina quiera quedarse en su casa criando a sus hijos, si es lo que realmente quiere. También un hombre puede elegir quedarse en la casa con los hijos si es lo que quiere. "Las cosas son así", "no queda otra" y frases de ese estilo son detestables. No creo que esta sea una opinión conservadora, sino al contrario. Ya me dirán que opinan...
 Tal vez esa frase de mi abuela tuvo sentido para ella en esos segundos en que lo dijo.  Tal vez sólo lo dijo para complacerme, aunque sonaron ciertas. Me hubiera gustado tener esas palabras que no le dije -pero no las sabía.



6 comentarios:

  1. Oh, ¡me puso triste! Lo de tu abuela renegando de su vida. Y lo de las palabras que uno hubiese querido decir y ya no puede.

    Muy bello texto.
    Esa es una de las razones de que me haya puesto triste, claro.

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  2. Sí, a mi también me puso triste, pero no me gusta generar eso en el que lo lee! Es la clase de texto que prefiero no mostrar, y justamente es por eso.

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  3. ¡No, no, no! ¡Me puso triste, pero predomina lo bello! Tal vez debiera haber dicho que me emocionó. Y que, con un texto emotivo, toques íntimamente al lector es algo bueno. ¿No te parece?

    A mí sí me gusta que un texto me genere eso.

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    1. No reniego de mi texto, de todas maneras. En general me gusta que prevalezca el humor (ni que fuera buen comediante) o mejor dicho, un sentido de lo absurdo. Pero tampoco se puede escribir siempre de la misma manera. Así que me alegro de que te haya emocionado

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  4. muy emotivo relato, coincido con Guillermo... al final que hiciste ¿te casaste o prevaleció el consejo de tu abuela?

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    1. No me casé! Es de las pocas instituciones de las que vengo zafando, así que el consejo tardío de mi abuela prevaleció. No me había dado cuenta de que no había contado eso, es como que lo dejé sin final. Gracias por pasar y comentar!

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