domingo, 24 de octubre de 2010

Acerca de la razón, o algo así

En mi familia nadie le da la razón a nadie. Nunca.
Y aunque vuelen un par de platos...
Y sufran un par de muebles...
Lo bueno es que ninguno le da nunca la razón a nadie
porque sabemos perfectamente que ninguno la tiene.

(Y obvio tampoco creo tener la razón en esto).

martes, 19 de octubre de 2010

Horario de protección al mayor II

Los sueños son susceptibles de ser analizados, desmenuzados por psicólogos, que a su vez se toman la molestia de analizar, desmenuzar nuestras mentes, como es sabido. Los románticos de antaño -esos que no eran románticos auténticos, aunque el término se deformó como siempre suele pasar, o mejoró, esta es la razón de ser del estudio de la etimología de las palabras, igual la idea no era hablar de romanticismo, por lo menos no en un eterno paréntesis, ni de la etimología, aunque podría ser, ahora que lo pienso, la escritura automática tiene sus frutos, sus espontaneidades, y por qué no los griegos, también a un psicólogo podrían serle útiles, el continuo y no reprimido fluir de la consciencia, o del inconsciente, quién sabe, qué quería decir exactamente Bretón, si el inconsciente devenía con el fluir incesante de las ideas o se abría una puerta que conectaba esas instancias, seguro que hay alguna instancia intermedia que me estoy olvidando de nombrar, y éste debe ser el principal problema de la escritura automática, que no se puede dejar de escribir para investigar, y los errores ortográficos que quedan por corregir, y que voy a corregir después, puede ser que todo tenga que ver con túneles, pasadizos, huecos en los muros, que ya existen pero que se tapan con velos transparentes y frágiles, lo difícil no es romperlos sino encontrar donde están, ya puedo dar fin a este paréntesis al menos por hoy- no querían saber nada con la cientificización de los sueños, ese terreno donde podían vivir mucho tiempo la superstición, los sueños -valga la redundancia- los mensajes divinos, y las propinas de los adivinos.
Todo esto venía a colación de contar, ya que antes les conté el sueño y el efecto risible que podía producir, que sin embargo no era del todo risible -me gustó no haber aclarado el efecto en mí, por qué era risible, dejarlo a la libre interpretación- que la noche anterior, como me hicieron notar después, que no me acordaba, había visto un documental sobre la calificación de las películas, y la censura de las mismas, que paso de ser, o parecer, ideológica, política o religiosa, a ser meramente comercial y servir a los fines primeros de la censura. Era decirles "no hay censura, vas a poder mostrar la película donde quieras pero con la calificación que le voy a poner, la audiencia va a ser menor, y menor la cantidad de salas de cines que la proyecten". Censura comercial sigue siendo censura, porque también hay que comer, aunque también existen estudios independientes que no le piden calificación a nadie, así que podríamos cada tanto buscar, en el video, estas películas no calificadas. Esto termino siendo un consejo, qué cosa rara.

martes, 12 de octubre de 2010

Retrato

Su mente, era rosada. No lo digo porque por algún motivo odie ese color (el motivo quizás tenga que ver con el odio mismo), aunque nunca podría odiar su mente, muy por el contrario. Tampoco lo digo porque sea necesario que sea de algún color. Podría ser un sabor, un diamante, un paisaje, un gesto, algún tipo de metonimia más original. Pero no, simplemente era rosada, y en esto radicaba lo maravilloso de su existencia.
Mi mente, en cambio, era azul. El azul podría ser su color preferido. Aunque era azul, ni siquiera celeste.
Su mente, lo parecía, era rosada, de finos pétalos deslizándose en el fulgor de un rayo de luna, de finas membranas bañadas en gotas abundantes, minúsculas. Pétalos vivos, livianos, radiantes. Pétalos vívidos, como lluvia de plumas danzantes en el torso. Pétalos rosados, intensamente rosados, de luz y de incienso.
Uno quisiera poder vivir siempre con esa brisa rosada en las pupilas, en las mejillas, en cada una de las moléculas. Y quisiera, también, contagiarse de esa brisa al menos unos instantes. Irse con ella, envuelto en seda, al lugar de los castillos en las nubes y las nubes en las ventanas. De estrellas en las manos, pequeñas e infinitas, bañándolo todo, tan luminosas que mi azul queda desproporcionado, efímero, en un rincón acartonado, añorando un poco de rojo y de blanco.