martes, 12 de octubre de 2010

Retrato

Su mente, era rosada. No lo digo porque por algún motivo odie ese color (el motivo quizás tenga que ver con el odio mismo), aunque nunca podría odiar su mente, muy por el contrario. Tampoco lo digo porque sea necesario que sea de algún color. Podría ser un sabor, un diamante, un paisaje, un gesto, algún tipo de metonimia más original. Pero no, simplemente era rosada, y en esto radicaba lo maravilloso de su existencia.
Mi mente, en cambio, era azul. El azul podría ser su color preferido. Aunque era azul, ni siquiera celeste.
Su mente, lo parecía, era rosada, de finos pétalos deslizándose en el fulgor de un rayo de luna, de finas membranas bañadas en gotas abundantes, minúsculas. Pétalos vivos, livianos, radiantes. Pétalos vívidos, como lluvia de plumas danzantes en el torso. Pétalos rosados, intensamente rosados, de luz y de incienso.
Uno quisiera poder vivir siempre con esa brisa rosada en las pupilas, en las mejillas, en cada una de las moléculas. Y quisiera, también, contagiarse de esa brisa al menos unos instantes. Irse con ella, envuelto en seda, al lugar de los castillos en las nubes y las nubes en las ventanas. De estrellas en las manos, pequeñas e infinitas, bañándolo todo, tan luminosas que mi azul queda desproporcionado, efímero, en un rincón acartonado, añorando un poco de rojo y de blanco.

3 comentarios:

  1. Qué puedo decir....¨leía esto que fue increíble¨.

    ResponderEliminar
  2. Buenísimo que te haya gustado, gracias.

    ResponderEliminar
  3. Soy más partidario de ese azul que dices que queda desproporcionado, efímero, en un rincón acartonado.
    Pero más partidario aún de esa añoranza de rojo y de blanco.

    Yo también odio el color rosa. Inexplicable, pero es así.

    ResponderEliminar